Una veladora por José de Ibarra, pintor novohispano de los afectos

El 20 de noviembre de 1756 murió el pintor novohispano Don José de Ibarra. Hoy, hace 263. Todos los años lo recuerdo, pongo una veladora y publico algo en una cuenta de facebook que tengo a su nombre.  Ibarra ha sido el pintor al que he dedicado más tiempo, páginas, y desvelos, por lo que hoy les contaré un poco de esa historia en su honor.

Poco antes de morir

Imagino que poco antes de morir, el 20 de noviembre de 1756, José de Ibarra estaba muy activo. Hacía poco tiempo había firmado papeles referentes a un pleito entre su cofradía y las monjas del templo en el que estaba el altar de su imagen titular. La cofradía de los pintores se había enemistado con las religiosas del convento franciscano de San Juan de la Penitencia. Aunque quizá pocos lo sabían, los pintores y ellas llevaban mucho tiempo teniendo problemas severos. Los artífices se quejaban de que no les permitían el acceso irrestricto a su imagen y ajuar. Las monjas guardan su ropa y adornos, y movían la escultura de la Virgen del Socorro según su conveniencia, sin avisar a la cofradía. Las cosas llegaron a tal punto que, siendo Ibarra uno de los hermanos mayores, los pintores secuestraron -literalmente- la escultura. La noticia corrió por toda la ciudad.

El secuestro de la Virgen del Socorro se dio en plena procesión de la Semana Santa. Los pintores metieron la imagen al convento de Santa Inés y cerraron las puertas, ante el enojo de las monjas que esperaban su regreso. Ellas buscaron aliados para que la Virgen regresara a su templo. Incluso algunos pasquines aparecieron en el barrio indígena de San Juan, diciendo que Ibarra debía cuidarse de ir para allá pues podían darle un “trabucaso”. [¡Sí, un tiro!] Pero aún así el 6 de octubre Ibarra solicitó al Fiscal del Arzobispado que ratificara la resolución de que la imagen se quedara en Santa Inés.

Los papeles a los que me referí fueron firmados a principio de octubre. Los trazos no presentan signos de debilidad, enfermedad o duda. El pintor estaba en el pleno de sus facultades, y contaba con el reconocimiento público de su arte. Tenía ya 71 años y seguía pintando. Y también dedicaba sus esfuerzos a honrar a su arte, la nobilísima pintura. Cuando la muerte lo encontró trabajaba por lo menos en dos series pictóricas. Una de ellas fue terminada por sus discípulos: José Rudecindo Contreras, Juan Patricio Morlete Ruiz, y Manuel Osorio.

Alegrías del final

Quizá un momento de alegría en sus últimos días fuera haber visto salir a procesión una obra suya. La fiesta fue muy importante, tal vez la más importante en todo el siglo. Era 9 de noviembre de 1756 y se celebraba la confirmación del Patronato de la Virgen de Guadalupe sobre el Reino de la Nueva España. El cabildo catedralicio eligió salir, para la procesión, con una pintura de la Virgen de Guadalupe, creada por Ibarra. La había realizado  hacía más de 10 años para una capilla de la catedral. Por un lado se exhibía a la Virgen y por el otro a Juan Diego, desplegando la tilma.

En un diario anónimo, escrito probablemente por uno de los regidores del Ayuntamiento de la ciudad de México, se describió dicha fiesta. Desde el 2 de noviembre comenzaron a colocarse los altares callejeros para mayor esplendor. A la procesión asistieron todos los grupos y corporaciones: el virrey, la audiencia, los tribunales, el ayuntamiento, la universidad, el consulado, el protomedicato, la república de indios comarcanos y las cofradías. (1)

Los primeros en salir fueron las cofradías de negros, seguidas de los mulatos, los indios, y los españoles. La tercera orden de la Merced presentó la Virgen del Socorro, la tercera de San Agustín a San Evidrio y la tercera de San Francisco a san Luís Rey de Francia. Los betlemitas llevaban a la Virgen de Belén, los hipólitos a su santo patrono, al igual que los juaninos en suyo. Los mercedarios llevaban a San Pedro Nolasco, los carmelitas a Santa Teresa, los agustinos a su santo patriarca. Los franciscanos salieron con su patrono, que llevaba un estandarte, y en él a Nuestra Señora de Guadalupe. Remataban los dominicos con su fundador. Es probable que fray Miguel de Herrera y Fray Manuel Dominguez, pintores amigos de Ibarra (quienes pertenecían a su academia), hubieran salido respectivamente con los agustinos y los mercedarios. El clero secular llevaba al Señor San José; y entre ellos y el cabildo catedralicio se colocaron los indios.

Justamente el cabildo cargaba la imagen de Ibarra, que puede reconocerse fácilmente en el relato:

“…Nuestra Señora de Guadalupe, que era un óvalo de dos varas, y dos haces, por la una Nuestra Señora de Guadalupe extendida, por el otro Juan Diego desplegando su ayate, descubriendo hasta el pecho a la Reina Soberana”. La pintura estaba además adornada con “orlas de flores y ángeles” que habían hecho “las Madres Capuchinas” (2). Éstos se describen como “…un compendio de lo mejor de la Tierra, y de lo mejor del Cielo…”. (3)

Remataban la procesión el señor arzobispo Manuel Rubio y Salinas y el virrey marqués de las Amarillas.

La elección de celebrar esta procesión con la imagen de Ibarra debió tener varias razones. El carácter procesional de la pintura le permitía lucir imágenes por ambas caras, y por ello llamar la atención a un público expectante. Pero creo que también se debió a su capacidad de aludir a simbolismos más complejos. El cabildo catedralicio nunca hubiera exhibido una imagen cualquiera, pues con este acto culminaba una búsqueda de muchos años y esfuerzos que debía celebrarse con gran regocijo. En ese momento la capacidad simbólica de las imágenes jugaba un papel especial.

El éxito de las imágenes era mayor mientras más amplio era el número de personas a quien representara. Los pintores ponían su anhelo en lograr plenamente las funciones narrativas, devocionales y simbólicas para las que se destinaban sus obras. Por ello atendían a todos los aspectos: operativos, tecnológicos y estéticos. Al realizar la pintura, con su carácter procesional, Ibarra buscaba que fuera inteligible a un amplio número de fieles. Debía ser, por tanto, sencilla y directa, como efectivamente lo es el lienzo doble, incluso en la economía de la representación. Pero Ibarra también debió dirigirse a sus patronos más exclusivos, pertenecientes a grupos más reducidos de guadalupanos eruditos.

Semejanzas simbólicas

En mi opinión, estos eruditos buscaban que las pinturas y sus discursos fueran acordes. Querían reconocer en las imágenes los mensajes  complejos formulados por ellos al defender el patronato de la Virgen mexicana. Por el formato de la obra de Ibarra y su semejanza con otras, volcarían en ella su conocimiento simbólico. Le otorgarían así más fuerza y contenido. Creo, por ejemplo, que el pintor y sus comitentes relacionaron la obra con el escudo guadalupano que había figurado en palabras Cayetano Cabrera y Quintero. Y que había dibujado el propio Ibarra.

Desconozco si el día de la celebración del patronato, José de Ibarra estaba ya enfermo o murió de pronto, 11 días después de la procesión. Con su imagen en la fiesta debió ver bien pagados sus empeños de reconocimiento por parte del cabildo, entre los que se encontraban clientes y amigos.

En pleno momento álgido del pleito con las monjas de San Juan, el 20 de noviembre de 1756, murió José de Ibarra. Fue enterrado en la iglesia de Santa Inés, donde estaba la Virgen del Socorro. Según noticias de la época, concurrió al sepelio gran número de personas, que sintieron que su desaparición era un “notable quebranto” para su arte. En la elección del lugar de su descanso eterno, ahora imposible de identificar dentro del templo, pesaba sin duda la esperanza, de sus colegas y amigos de que reposara con su Virgen.

263 años después dedico nuevamente parte de mi tiempo a este pintor. Espero pronto poder compartir oficialmente la noticia de un proyecto a él dedicado en el que trabajo actualmente, por muchos años anhelado. Pongo mi esperanza en que la pintura de José de Ibarra reciba un reconocimiento muy merecido, por haber cambiado el panorama pictórico de la capital del virreinato novohispano, así como la forma de representar pictóricamente los afectos, y el haber luchado por el reconocimiento de su arte.

Paula Mues Orts

Notas

[*] Los tópicos de esta nota han sido tratados por mí en otros textos, algunos presentados y otros publicados en distintos medios académicos. Parte de ellas también están en la tesis doctoral El pintor novohispano José de Ibarra: imágenes retóricas y discursos pintados, (presentada el 4 de nov. de 2009, en Fac. Filos. y Letras). Está registrada en Derechos de Autor y debería citase conforme usos académicos. ***

  1. Ceremonial de la N[obilísima] C[iudad] de México por lo acaecido el año de 1755, Transcripción, prólogo y notas de Andrés Henestrosa, México: Fondo Pagliani, 1976, p. 70
  2. Cayetano de Torres era entonces confesor de las madres capuchinas. Este autor, como se verá, fue uno de los dos contemporáneos de Ibarra que lamentaron su muerte. Iván Martínez., comentario a “Nuestra Señora de la Misericordia de Capuchinas”, en Jaime Cuadriello. (ed.). Zodiaco mariano. 250 años de la declaración pontificia de María de Guadalupe como patrona de México, México: Museo de la Basílica de Guadalupe/ Museo Soumaya, 2004, p. 159.
  3. Ceremonial…, cit., pp. 72-73.
  4. Cuadriello, Zodiaco mariano…, cit., p. 16.

 

 



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