Peces gemelos, creación para sacudir la tristeza

A veces vivimos momentos tristes en que reina el desánimo. Pero a veces podemos centrarnos en la creatividad y dejar que nos empuje un poco, para sacudirnos la tristeza. Este fue el origen de los peces hermanos de lana, truchas arcoíris en azul. Nacieron de una gran crisis emocional y como un homenaje a mi padre. Alcancé a regalarle el primero de ellos, y terminé para mí su pez “gemelo” cuando él ya había fallecido. Serán almas unidas como él y yo estaremos juntos siempre.

 

  1. Recordando deseos.

Durante algunos años de mi infancia me imaginaba estudiando el comportamiento de los animales. Realmente me encantaban (bueno, casi todos). La idea de dedicar mi vida a la fauna quizá tuviera dos raíces: la influencia de dos de mis hermanos mayores, que terminaron estudiando biología, y la de mi padre.

 

A él le gustaban mucho los animales (de maneras que podrían parecer un tanto extrañas, como les contaré adelante) por lo que en casa siempre había libros sobre fauna que yo miraba una y otra vez. Uno de esos libros que se volvió favorito era sobre los océanos. Me saltaba todas las páginas sin láminas y copiaba a lápiz las fotos de mis peces favoritos. A mi padre le encantaban también los peces, y en algunas épocas en casa tuvimos un acuario que era motivo de placer para los ojos.

2. Desencuentros y encuentros

Y sin embargo a mi padre también le gustaba mucho pescar, y de hecho primero fue cazador. En el mundo en que creció eso no era contradictorio: era una realidad imperante (como lo es aún hasta cierto sentido), que la relación entre los humanos y los animales se basara en una supuesta supremacía de los primeros ante los segundos. Este no será lugar de discusión de tales ideas, pero me parece importante entender, sin juzgar, que para él no eran incompatibles el amor a los animales y la cacería (eso sí, siempre regulada y legal). También le maravillaba, en un sentido amplio del término, la ley del más fuerte, la “crueldad” de la cadena alimenticia, el aspecto “salvaje” de los seres vivos.

 

No sorprende por lo tanto que en su juventud mi padre fuera todo un aventurero: remero de Xochimilco y cualquier río, navegante (aunque a veces en problemas), alpinista, cazador y pescador. Le costó muchos años darse cuenta de que lo de ir a cazar le gustaba por muchas razones, entre las que el acto mismo de cazar no era la más importante. Amaba estar inmerso en la naturaleza y buscar sus huellas, ensayar estrategias que lo pusieran en alerta y lo midieran con un “otro salvaje”. También disfrutaba enormemente de las máquinas de precisión entre las que se contaban las armas. Y asimismo le gustaba probarse en su construcción de hombre y perfeccionista.

 

Pero de pronto se dio cuenta de que matar animales no era ni placentero ni correcto. Dejó el rifle para las latas a distancia, y mejor apuntó con la cámara fotográfica a la naturaleza. Fue un excelente fotógrafo, e incluso diría que extraordinario, formado en la era del papel, cuando era toda una sorpresa descubrir si las tomas habían funcionado después de 36 oportunidades (o 24). Como aún era yo niña cuando esta trasformación lo cambió, yo le decía que él era un guardabosques, disfrazado de abogado.

3. Los peces y mi padre

 

Aunque dejó de cazar, la pesca siguió siendo una actividad que disfrutaba. Las cañas también son artefactos precisos, y recuerdo perfectamente cómo me enseñaba los señuelos como objetos bellos. Me gustaba ir a las tiendas de pesca para ver los pececitos de colores, y alguna vez me regaló alguno para que yo me lo colgara de la oreja.

 

Después de una salida de pesca en la que vio horrorizado a un pescador de mar matar sádicamente a los peces, aduciendo que una vez le habían perdido la tapa de su hielera, también cambió mucho su actitud ante la pesca. Limaba entonces sus anzuelos para no lastimarlos al punto de matarlos, porque le gustaban la pelea y el reto, pero no la muerte segura. Los pescaba y los dejaba ir, a excepción de cuándo por alguna causa se lastimaban, y entonces se convertían en comida o cena.

 

Admiraba la belleza y los colores de los peces. Disfrutaba verlos brillando en el agua. Le gustaba que crecieran tanto siendo libres. Alguna vez me contó sobre leyendas de peces sabios que significaban abundancia y buenaventura. Las truchas arcoíris eran totalmente familiares para nosotros, como lo era ir a las presas cercanas a mi ciudad, ver animales del bosque, caminar por los arroyos y hasta acampar. Dejamos de ir sólo cuando la inseguridad del país lo volvió peligroso.

4. Homenaje y creación

Durante mis estudios como historiadora del arte aprendí acerca de muchos significados de los peces en momentos y culturas distintos. Los peces fueron signo de fortaleza (los peces grandes se comen a los peces chicos, uno de los emblemas más comunes durante los siglos XVI y XVII). Los peces en muchos lugares se consideran inmortales, o seres que reencarnan. Significaron a Cristo y sus seguidores, pero también se figuraron como monstruos gigantes…

 

Pero para mí los peces estarán siempre ligados a mi padre. Y desde que empecé a explorar la creación de fieltro y vi unos hechos de lana (de Amalana Felt, en Argentina) empecé a soñar con hacer mi propia versión. Una de las primeras colecciones que planeé -llamada Bestiario https://miradasalvuelo.com/arte-textil/para-esperarte/coleccion-bestiario/ y en la que avanzo muy lentamente- incluía por lo menos un pez.

 

En una de estas últimas tardes en que nada podía yo hacer para mejorar las cosas, pensé en sacudirme un poco la tristeza creando un pez. Lo pensé tan poco que de hecho al principio no me di cuenta que era para él. Luego pensé que con suerte podría regalárselo. Quizá por la celeridad que me entró, me quedó un poco bizco, y traté de arreglarlo antes de que se lo quedara. Le bordé la cola con hilos de seda, para darle un toque de brillo, como brillan las escamas en agua. Y así nació la primera trucha arcoíris.

 

Después de unos días, aunque con mayor lentitud, decidí hacer otro pez para mí. Un pez que fuera el gemelo cósmico del primero. No bordé su cola y en esa ocasión una de las aletas quedó un poco dispareja. Ambos peces son imperfectos, ambos nacidos del amor y la melancolía, ambos tributo a mi padre y su capacidad de cambio, de alegría y de disfrutar la vida. Dos peces para navegar una imaginación ligada a él.

 

No volveré hacer un pez con la misma forma ni los mismos colores, aunque quizá en el futuro vengan otros peces para la colección Bestiario. Solo que me sienta con un poco de más fuerza intentaré crear nuevamente otros seres u objetos, para sacudir esta tristeza que me embarga ahora. Espero encontrar algo de paz en la creatividad, como ya lo he hecho antes.



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